¿Cuántas emociones existen? Entenderlas es el primer paso para gestionarlas

«Debería dejar de sentirme así.»

Es una frase que muchas personas se repiten cuando aparece la tristeza, el miedo o la frustración. Como si algunas emociones fueran un error que hubiera que corregir cuanto antes.

Sin embargo, ¿y si el problema no fuera sentir determinadas emociones, sino la forma en que hemos aprendido a interpretarlas?

Las emociones forman parte de nuestra vida desde que nacemos. Gracias a ellas tomamos decisiones, construimos relaciones y reaccionamos ante lo que ocurre a nuestro alrededor. Lejos de ser un obstáculo, son una herramienta de adaptación.

¿Qué son las emociones?

Las emociones son respuestas automáticas que nuestro cerebro activa ante situaciones que considera importantes.

Aparecen en cuestión de segundos y provocan cambios tanto en nuestro cuerpo como en nuestra manera de pensar y actuar.

Por ejemplo, el miedo acelera el corazón para prepararnos ante un posible peligro. La alegría favorece el acercamiento a otras personas. La tristeza nos invita a detenernos y procesar una pérdida.

Todas cumplen una función. Ninguna aparece porque sí.

Entonces… ¿cuántas emociones existen?

Esta es una de las preguntas más frecuentes.

No existe una única respuesta porque depende del modelo psicológico que utilicemos.

El psicólogo Paul Ekman propuso que existen seis emociones básicas, presentes en todas las culturas:

  • Alegría.
  • Tristeza.
  • Miedo.
  • Ira.
  • Asco.
  • Sorpresa.

Más adelante, otros investigadores añadieron emociones como el desprecio o desarrollaron modelos mucho más amplios.

Actualmente sabemos que, a partir de esas emociones básicas, surgen cientos de experiencias emocionales diferentes al combinarse con nuestros pensamientos, recuerdos y experiencias personales.

Por eso, aunque solemos hablar de seis o siete emociones principales, en realidad el mundo emocional humano es mucho más rico y complejo.

No hay emociones buenas ni emociones malas

Quizá esta sea una de las ideas más importantes.

La alegría suele resultarnos agradable y la tristeza incómoda. Pero eso no significa que una sea buena y la otra mala.

Imagina que nunca sintieras miedo.

Probablemente asumirías riesgos innecesarios.

Ahora imagina que nunca sintieras tristeza.

Sería mucho más difícil elaborar una pérdida o valorar aquello que es importante para ti.

Todas las emociones cumplen una función adaptativa.

Lo que puede resultar problemático no es sentirlas, sino quedarse atrapado en ellas o intentar evitarlas constantemente.

¿Por qué algunas emociones parecen durar tanto?

Las emociones, por sí mismas, suelen ser relativamente breves.

Lo que muchas veces prolonga el malestar son los pensamientos que aparecen después.

Por ejemplo, sentir tristeza tras una ruptura es completamente normal.

Pero si durante semanas alimentamos pensamientos como «Nunca volveré a ser feliz» o «No valgo lo suficiente», esa emoción puede mantenerse durante mucho más tiempo.

Las emociones y los pensamientos están profundamente conectados.

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Aprender a escuchar en lugar de luchar

Muchas personas intentan controlar sus emociones diciendo frases como:

«No debería enfadarme.»

«No quiero sentir miedo.»

«Tengo que dejar de estar triste.»

Sin embargo, cuanto más intentamos bloquear una emoción, más fuerza suele adquirir.

Gestionar las emociones no significa eliminarlas, sino aprender a entender el mensaje que traen consigo.

Preguntarnos qué necesitamos, qué ha desencadenado esa emoción o qué intenta proteger puede ser mucho más útil que intentar hacerla desaparecer.

Educar nuestras emociones también es cuidar nuestra salud mental

Nadie nos enseña a relacionarnos con lo que sentimos.

Aprendemos matemáticas, idiomas o historia, pero pocas veces nos enseñan a identificar una emoción, ponerle nombre o expresarla de forma saludable.

Sin embargo, desarrollar inteligencia emocional influye directamente en nuestras relaciones, nuestra autoestima y nuestra capacidad para afrontar los momentos difíciles.

Sentir es parte de estar vivo

Las emociones no aparecen para complicarnos la vida. Aparecen para ayudarnos a adaptarnos a ella.

Algunas serán agradables, otras incómodas, pero todas tienen algo que decirnos.

Quizá el objetivo no sea dejar de sentir determinadas emociones, sino aprender a escucharlas sin miedo.

Porque entender lo que sentimos es, muchas veces, el primer paso para comprendernos mejor a nosotros mismos.

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